Conseguir transmitir a través de una película como puede un niño conseguir transitar del concepto muerte ajeno al concepto muerte real (el nombre de los conceptos me los acabo de inventar) y no caer en el sentimentalismo facilón es una tarea con casi toda seguridad bastante complicada. Conseguir hacerlo a través de la mirada del niño sin llegar a transmitir lástima o compasión tampoco es sencillo.

Verano 1993 nos cuenta como Frida, la niña protagonista, que no es otra que el alter ego de la directora de la cinta, después de que su madre fallezca ha de marcharse a vivir con la familia de su tío materno. El espectador será testigo de cómo la pequeña deberá adaptarse a la nueva situación y de cómo intentará hacerse un hueco en su nueva familia que vive en una comunidad pequeña donde todos son conocedores de su situación.

97 minutos le bastan a Carla Simón para transmitir de una forma tremendamente honesta, y desde el punto de vista de la pequeña Frida, como se las ingenia una personita con escasa experiencia vital, para sobrevivir en un entorno que le es ajeno, para crearse un hueco sin ser una intrusa, para ganarse la estima de unos padres adoptivos, puede que forzosos, para compartir el cariño que, necesita todo para ella, con su prima… y lo hace sin escatimar a la hora de mostrar situaciones tremendamente duras donde los niños pueden llegar a pasar por alto el concepto crueldad porque no han adquirido aún las herramientas suficientes que les permitan gestionar y canalizar el dolor de la pérdida.

Pero no solo se trata de centrar la atención en las vivencias de la niña protagonista. Si la pequeña se enfrenta a la nueva situación de la única forma que sabe que, es haciéndose visible al precio que sea, los adultos han de aprender a lidiar con las consecuencias de los actos de una niña que necesita una guía para crecer en un ambiente sano sin que su dolor y su desesperación por ser alguien en un entorno desconocido la conviertan en un ser que no es.

La película es casi un docudrama donde el espectador se puede sentir como una presencia invisible que entra en la intimidad del hogar de esta familia los miembros de la cual viven la situación de una forma diferente cada uno de ellos. Situaciones, vivencias, hechos que uno puede sentir a veces demasiado cercanos cuando se trata de explicar la infancia. Es una historia sutil pero punzante, dura aunque verdadera, contenida pero expansiva y al final catártica y liberadora.

Precedida por la buena acogida de la crítica, la película triunfó en la última entrega de los premios Goya llevándose los premios a mejor dirección novel, actor secundario y actriz revelación.

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