Después de acabar de visionar la primera temporada de The Crown he de admitir, a mi pesar, que he llegado a empatizar con la monarquía británica y la conclusión a la que he llegado es a preguntarme como puede ser que en épocas pasadas ser rey significase estar por encima del bien y del mal y hoy día signifique estar tan supeditado a leyes y reglamentos que aún las decisiones más personales estén regidas por la ley y la tradición, y no parezca que exista resquicio para el cambio, almenos así se retratan los primeros años del reinado de Isabel II.

No se hasta que punto esta serie refleja fielmente lo que significa ser la reina del Reino Unido pero si solo se parece un poco a lo que se ve en pantalla es realmente triste llevar una vida tan estricta, con una reglas que estan por encima de todo, incluso del sentido común, donde la apariencia es lo importante, donde las personas no importan, la corona por encima de todo anulando todo aquello o aquellos que se atreven a desafiarla. Es una serie que respira tanta contención que no me extrañaría nada que estuviesen todos herniados de dejárselo todo dentro. Como apetece gritar cuando uno ve esta serie.

The Crown es una serie de la cadena Netflix que se centra en la relación entre la monarquía inglesa y los órganos de gobierno del país. La primera temporada empieza con la boda de Isabel II y se extiende más o menos durante una década.

Perfectamente bien ambientada y recreada el espectador se sitúa fácilmente en el contexto de la sociedad inglesa de mediados del siglo XX que tanta fama tiene de recta. Las actuaciones reflejan a la perfección el saber estar de una familia que no parece tener sentimientos, o a la que no se les permite mostrarlos, lo que los hace tremendamente lejanos al pueblo, almenos en la época que retrata la historia. La historia se apoya en un buen guión donde las peores cosas se dicen de la forma más elegante y sin alzar la voz, todo lo contrario que el temperamento mediterráneo, quizá por eso me cuesta entender tanta aceptación y los pocos golpes en la mesa.

Dibuja a una Isabel II que llega al trono demasiado pronto y sin la suficiente preparación, ni en los entresijos del funcionamiento de la monarquía, ni en el conocimiento de las leyes, incluso se siente ignorante en muchos aspectos, llegando a contratar a un profesor para que le de clases de historia y política. Es una monarca insegura que va aprendiendo a fuerza de equivocarse y que cada pequeña equivocación la va separando un poco de los que se suponen la quieren. La muestran como una persona fría que antepone sus obligaciones a sus sentimientos. Una Isabel II que se deja aconsejar por el séquito real sin cuestionarse si esta siendo bien aconsejada e informada,  el mismo séquito que la ve incapaz de desempeñar su papel de reina.

Es un producto donde confluyen intrigas políticas y palaciegas, drama y historia para crear una trama perfectamente bien construida e interpretada magistralmente por la pareja protagonista que se revela más como una empresa donde todas las piezas encajan para que funcione correctamente, que como un matrimonio. Es curioso como el montaje de la serie deja fuera la parte más visceral de la pareja, que solo se intuye, para que seamos espectadores de la parte pública, es decir, la que ya conocemos.

Y la verdad es que yo veo a Isabel II. La de verdad.

En la red se pueden encontrar infinidad de artículos que hablan sobre esta serie y también sobre sus coincidencias, o no, con la versión real (de realidad)

The Crown: 4 verdades (y una mentira) de la serie del momento publicado en El País.

The Crown: Claire Foy confirma su salida y la llegada de Camila Parker Bowles publicado en Vanitatis

The Crown, un masaje para la reina de Inglaterra crítica publicada en La Vanguardia

Todas las fotos son propiedad de Netflix.